Edita: FIDIO (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) C. I. F.: G04253035 Publicación no comercial.


Keep Calm, Trump no es Podemos

Antonio Felipe Rubio
Periodista

Con la victoria de Donald Trump se ha generalizado el “populismo”, cuando es un error conceptual la aplicación del término que, por otro lado, se aplica con acierto en su versión peyorativa en gobernantes que alcanzaron el poder por la vía de la convicción sosegada para, enseguida, conducir sus pueblos a la ruina. El populismo es una tendencia política que se caracteriza por granjearse el apoyo de los ciudadanos de las clases populares. Es decir, lo que todo político que se precie persigue. No hay campaña electoral -sea de derechas o izquierdas- que no incluya en su diseño las mentiras, promesas irrealizables, mensajes esperanzadores, reformismo, expectativa de bienestar… En todas las campañas se miente y se aventuran metas imposibles. Además, cada promesa se diseña conjuntamente con la excusa razonable para después justificar su inviabilidad.

Donald Trump

Trump mostró un efecto que induce a cierta modulación de las abruptas conductas previas al ejercicio del poder. Su primer discurso como presidente electo desveló que no estaba tan loco como presagiaban sus gestos y exabruptos de campaña. Su primera mención la dirigió al respeto al oponente (Hillary), así como el reconocimiento de sus esfuerzos y sacrificios por el país. Supo aliñar visualmente los valores tradicionales de gran familia americana arropándose con la suya propia en nutrida e idílica compaña… y confió gran parte de su trabajo en el buen hacer de su vicepresidente: la antítesis de su estética arrogante y agresiva. En definitiva, un discurso que ya no necesitaba llamar la atención con estridencia y provocación que le fue tan útil en campaña. Por cierto, en cuanto a talantes habrá que valorar el silencio de Clinton en la noche electoral; incapaz de dar la cara ante una desolada militancia que hubo de escuchar la recomendación de volver a casa, que ya “era muy tarde”. Nunca es tarde para afrontar la derrota, siempre que esta no te supere por soberbia personal.

Trump viene de vuelta de cosas que han supuesto inesperadas experiencias de corrupción y absolutismo sobrevenidos por efecto del poder. El problema de Trump no es el dinero y las experiencias de fama, éxito… Conoce el mundo de los negocios con sus virtudes y miserias humanas, y no es despreciable esa experiencia en un escenario plagado de intereses cruzados, arrimados con aviesas aspiraciones y manipuladores influyentes con los que ha podido tener experiencias previas en su dilatado campo de batalla empresarial. No. Este Trump ya no parece ser el crisol de todas las fatalidades: misoginia, racismo, xenofobia… Tampoco parece un dechado de virtudes, pero habrá que ver qué hay de excesos verbales en un pillado o en una sobreactuación provocadora, y qué hay en sus próximos actos como presidente de la primera potencia del mundo.

El padre del Liberalismo Clásico, John Locke, decía: “Líbreme Dios de las aguas mansas que de las bravas ya me cuido yo”. Y aquí hay que volver a ese populismo infecto vestido de progresía y clamando libertad, igualdad, fraternidad, bienestar universal… y todo sin esfuerzo, como maná llovido del cielo. Eso sí, utilizando los mismos argumentos provocadores y estridentes de ese Trump al que le llaman fascista; como si el fascismo no fuese patrimonio de aquellos “mansos” que llegaron al poder para desatar la mayor miseria y desgracia de sus pueblos. Las aguas bravas de Trump, al contrario, se remansarán en el recodo oval donde se toman decisiones colegiadas con meditado cálculo de riesgos.

Definitivamente Trump no es el populista que nos hacen ver desde ese “populismo” reaccionario que aquí padecemos y que ahora se debate en “feminizar” y democratizar lo que nació como conquista de la utopía para terminar en una casta destructiva de la convivencia que otros, sean demócratas o republicanos, jamás traicionarían: la unidad del país y el respeto y orgullo de sus valores esenciales.