Edita: FIDIO (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) C. I. F.: G04253035 Publicación no comercial.


El niño que se hizo adicto a ‘La Voz de Almería’

Emilio Ruiz
www.emilioruiz.es

El pasado 28 de julio La Voz de Almería, la Ser y Los 40 tuvieron la gentileza de galardonarme con uno de sus prestigiosos Premios Levante, el de Comunicación y Arte. En el capítulo de agradecimientos recordé el momento en el que me encontré por primera vez con un ejemplar de La Voz de Almería en mis manos. La breve narración parece que gustó al editor del periódico, José Luis Martínez, que me ha pedido un mayor detalle. No me puedo negar y si bien es verdad que soy reacio a hablar en primera persona del singular, procuraré contar la historia volcándola hacia el verdadero protagonista La Voz de Almería. Nada de lo que aquí cuento es fruto de la imaginación. Va dedicado a José Luis Martínez, un todoterreno del periodismo, que, con el paso de los años, lejos de difuminar su cariño por la información, lo acrecienta cada día.

La Voz de Almería dio cumplida cuenta del accidente

Eran las 8 de la mañana del día 15 de octubre de 1964. Tenía yo 13 años. El autocar de Manuel Caparrós Alarcón, de 38 años, conducido por él mismo, encaró Los Gallardos calle Mayor arriba dispuesto a recoger a los alumnos que llevaría hasta el instituto de Enseñanza Media de su pueblo, Cuevas del Almanzora. En la puerta del bar Crespo subimos Rosita Flores, mi primo Pedrito Ruiz Cabezas y yo. Éramos los primeros. Posteriormente pasaríamos por Turre, Garrucha y Vera para hacer lo propio. No pudimos llegar a Turre. Al iniciar la cuesta de descenso hacia el puente sobre el Río Aguas los frenos fallaron. Manuel intentó aminorar la creciente velocidad con el freno de mano. No pudo ser. El autocar cayó a plomo –en púa, que decimos- al cauce del río. Después de 18 metros de vuelo el vehículo quedó convertido en un montón de chatarra. Ahorro los detalles escabrosos de los momentos posteriores. La plasticidad de la infancia hizo que los tres niños pudiéramos salvar la vida. Tras pasar durante dos meses por el hospital del doctor Eusebio Álvaro Míguez, de la calle San Pedro, de la capital, escayolado hasta la cintura, la cama en el pueblo me acogió durante un año entero. La Voz de Almería dio cuenta del suceso en una detallada crónica el día 17. Fue la primera vez que mi nombre apareció en el periódico.

Un año entero en la cama, y sin televisión, se hacía insoportable. Ni siquiera podía disfrutar de la alegría de Radio Vera, cuya emisión del programa de discos dedicados era una explosión de alegría entre los jóvenes de la comarca. La emisora había cerrado hacía unos años. Mi abuelo Miguel –El tío Miguel Ruiz-, que era un mojaquero muy listo, estaba sucrito a La Voz de Almería. Él decía que solo leía las letras gordas. Yo leería las gordas y las menudas. Cada día me lo llevaba o mandaba. ¡Qué mal lo pasaba el lunes, que no se publicaba! El periódico solo tenía 12 páginas, pero los apretujados textos las convertían en un compendio de todo lo que sucedía. Yo, desde mi ingenuidad infantil, creía a pies juntillas que lo que allí aparecía era simplemente lo que pasaba; que no había realidad más allá de aquella. Me encantaba la pulcritud de la redacción, la elaboración de las frases, la distribución de los párrafos. De su literatura oficialista no entendía nada, lógicamente. Me informaba de todo: de los triunfos del Hispania y el Adra en la 3ª división, de las victorias por KO de José Bisbal, de los nacimientos, casamientos y fallecimientos que en la provincia se producían; de las visitas al Gobernador Civil, de las titulares de licencias de caza que se concedían, de las llamadas a quintos, de las ofertas de los almacenes El Águila y Blanco y Negro, de los programas de la televisión que no teníamos… No, tampoco despreciaba la sección de Anuncios Económicos. Recuerdo hasta el precio: Hasta 10 palabras, 12 pesetas; cada palabra más, 1,20.

Había, sobre todo, una sección del periódico que me encantaba. Era la primera que buscaba. Fue mi primer contacto con lo que es un artículo de opinión. Yo entonces lo consideraba como un artículo crítico. Era cortito, a dos columnas, pero contundente. “Bajo el manzanillo”, era su título. Lo firmaban, recuerdo, unas veces quien decía ser ‘D’ y otras veces quien decía ser ‘Equis’. Con el tiempo indagué sobre tales seudónimos. ‘D’ era Diego Domínguez. ‘Equis’, Manuel Román. A propósito de Manuel Román voy a contar una anécdota. Ocurrió tres años después, cuando tenía 16. Era yo árbitro de fútbol juvenil. Román hizo una ronda de entrevistas entre los que consideraba ‘Jóvenes promesas del arbitraje’. Yo era una. Me quedé en eso, en promesa. El periodista me citó en el periódico, en General Segura, 10. Me había pedido que llevara una foto de tamaño carné. Le llevé una arrancada de un carné de la OJE. La foto se reprodujo con la marca de las grapas. En la Redacción, Román me hizo esperar por lo menos media hora. Cuando apareció lo hizo con prisa. “Bueno, ¿traes la foto?”, me preguntó. “Sí, tome”. Estaba –yo, claro- un poco asustadillo. No era para menos: ¡me iban a entrevistar en La Voz, mi periódico! Le di la foto. Y un par de folios. Se sorprendió. “¿Esto qué es?”. “La entrevista”, balbuceé. Con un par, pienso ahora. La reprodujo tal cual. Palabra de honor. Fue mi primera entrevista en La Voz, una autoentrevista. Román la firmó como Eme-Erre.

El accidente fue espectacular

Un año entero leyendo La Voz me hizo adicto. Cuando un año después, ya con trece, reanudé los estudios, esta vez en el Diocesano, en la capital, no pude prescindir del periódico. Por la mañana, camino del colegio lo primero que hacía era comprarlo. Lo compraba en un puesto de churros que había en el cruce de la calle Real con la calle Eduardo Pérez. En el mostrador de aquel puesto solo había tres cosas: una bandeja con los churros, un montón de papel de estraza y un paquete de periódicos La Voz de Almería. En el trayecto hasta la Plaza de la Catedral me daba tiempo a leer los titulares (las letras gordas, que decía mi abuelo). Después, en casa, lo leía completo. No llegué a ver nunca en el Diocesano un periódico que no fuera el mío. No me sorprendía que los profesores me lo pidieran a cada momento. Me fastidiaba, lo reconozco, que los renacuajos del colegio (había niños desde los seis años) estuvieran a cada momento molestándome: “Ruiz –en el Diocesano nos llamábamos por apellido-, ¿qué ponen en el Hesperia?”. A los chiquillos del colegio les gustaba ver las películas en el cine Hesperia. Las butacas y el suelo eran de madera y celebraban a manotazos y pisotones los momentos en los que el muchachillo mataba a los indios.

Retornemos a mi periódico y a mi colegio. Uno de los profesores que con más frecuencia me lo pedía era don Antonio Briones. Era profesor de Política (bueno, Formación del Espíritu Nacional, creo que era su nombre correcto). Lo de este hombre era de escándalo. Era del Frente de Juventudes. En los exámenes me pedía el periódico y jamás levantaba los ojos de sus páginas. Creía entonces y creo ahora que lo hacía adrede para que nos copiáramos. La hora del examen de Briones se convertía en un trasiego de chuletas, apuntes y libros. Y él, en lo suyo, en La Voz. Se decía, no sé si es verdad, que don Antonio puntuaba los exámenes por palmos de texto. Cada palmo, un punto. Había quienes decían que en las respuestas contaban la película del Hesperia. Yo, eso, nunca pude confirmarlo; para qué, si en el examen me ponía, delante, el libro, abierto. Porque Briones siempre seguía en lo suyo, en la lectura de La Voz

En el Diocesano hice el Bachillerato. Cada día mis libros no dejaron de verse rodeados por La Voz. Igual que en Magisterio. De maestro en Barcelona, mi cita al kiosco de la Plaza Cataluña o de Puerta del Ángel para comprarla era diaria. Terminé suscribiéndome. Igual un día no me llegaba ninguno que al siguiente me llegaban tres. Me daba igual. Lo importante era seguir enterado de lo que acontecía en mi tierra. Y de satisfacer mi adicción.