Edita: FIDIO (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) C. I. F.: G04253035 Presidente del Consejo Editorial: Emilio Ruiz

'Mar de Plástico', tsunami de mugre

Mario
López Martínez

Incluso los niños de una generación tan aborregada como la mía, cuando veíamos la "aventura" semanal de los payasos de la tele, sabíamos que, tras rodar el episodio, el señor Chinarro se llevaba muy bien fuera de las cámaras con Gaby, Fofó y Miliki. Por irnos un poco más adelante, los niños que lloraban con la muerte de Chanquete no dudaban de que Antonio Ferrándiz era un señor muy simpático que gozaba de excelente salud.

Todo esto viene a cuento de la insistencia obsesiva de muchos en remarcar el carácter de "ficción" de Mar de Plástico, la teleserie recientemente estrenada en Antena 3, y que la propia cadena publicitaba a bombo y platillo como ambientada en Almería. Hasta ahí llegamos. Sabemos que en la realidad no existen esos personajes tan estereotipados, que Rodolfo Sancho no es guardia civil (aunque fuera del plató, y ante periodistas, ejerza como denunciante anónimo de las más graves aberraciones que imaginar se pueda) y que en el Poniente no hay ningún gran terrateniente, y menos aún llamado Rueda. Entonces, ¿debemos ignorar con displicencia todo lo que rodea a la serie?

Un momento del rodaje
Para contestar a esa pregunta, propongo dar un cierto rodeo, indagando en las técnicas de comunicación del lenguaje audiovisual. La "suspensión de la incredulidad" es el mecanismo mediante el cual el espectador deja de lado su sentido crítico, ignorando incoherencias o incompatibilidades de la obra en la que se encuentra inmerso, permitiéndole adentrarse y disfrutar del mundo expuesto en la ficción. Sabemos que no existe ningún Imperio Galáctico, pero saltamos de alegría cuando los rebeldes destruyen la "Estrella de la Muerte". Sin embargo, para que este mecanismo funcione, el cine debe utilizar las adecuadas técnicas narrativas, interpretativas y visuales. En caso contrario, la obra cae en el ridículo o, lo más frecuente, en el tedio. Es el típico "no me he metido en la película".

Una de las técnicas más efectivas para alcanzar la citada "suspensión de la incredulidad" es la ambientación. El entorno visual, las situaciones anexas o paralelas a la acción principal, las anécdotas, por muy circunstanciales que estas sean, etcétera. Lo que nos lleva al concepto de verosimilitud. Cuanto más verosímiles resulten todos esos añadidos a la trama principal, más se va a meter el espectador en la misma.

Concretando, que es gerundio. En la serie de la que hablamos encuentro que operan, al menos, cuatro grandes mecanismos de ambientación:

Primero. La fotografía. Aunque se ha criticado mucho que copie a "La Isla Mínima", resulta indudable que el trabajo es brillante. Nadie que haya visto lo poco atractivo que resulta un paisaje de invernaderos puede negar lo beneficiado que sale estéticamente el campo almeriense.

Segundo. El habla. Decir patético, grotesco o surrealista es quedarse corto. Un batiburrillo de acentos absolutamente ajenos a Almería, además pésimamente logrados, que en lugar de ambientar la historia lo único que consigue es mover a la hilaridad.

Tercero. La tierra. Otro gran fiasco. En lugar de aprovechar las potencialidades visuales de técnicas agrícolas como los cultivos hidropónicos, en fibra de coco, o los adelantos tecnológicos en subastas y riegos, se limitan a abusar de planos generales de las matas en los invernaderos o, directamente, meten la pata hasta el fondo metiendo aspersores que aquí, sencillamente, no existen. Por no hablar de la referencia a "tierras en barbecho", como si estuviéramos en los campos cerealísticos de Castilla.

Y cuarto, dejamos para el final lo más polémico. El fenómeno de la inmigración. Casi desde la primera secuencia, se hace flotar en el ambiente el paralelismo de Almería con la Alabama del siglo XIX. Bares en los que se niega agua a un negro, cuadrillas de emuladores del juez Lynch a los que únicamente les falta la túnica y el capirote blancos, y la cruz de fuego, rusas despampanantes y ociosas regodeándose de las desgracias de otros extranjeros, o reyertas masivas entre los propios inmigrantes.

Lo que nos lleva a la pregunta del principio. ¿Debemos prestarle atención a lo que únicamente es una serie de ficción? En mi opinión, sí, y mucha, pero no por las razones por las que en principio cabría pensar, sino por otras aún más alarmantes. Entiendo que, si la serie intenta retratar al campo almeriense como inmoral, corrupto, anárquico y racista, no lo hace para denunciarlo, sino únicamente para darle verosimilitud a la trama principal. Es decir, que se trata de un presupuesto previo al rodaje, o incluso previo a la redacción del guión. Lo que sale en la serie es exactamente aquello que fuera de Almería se entiende que ocurre aquí en la realidad.

Sin necesidad de recurrir a conspiraciones externas de competidores agrícolas, o de cadenas de distribución europeas, la explicación es tan sencilla como desoladora. Antena 3 TV quiere, legítimamente, ganar dinero. Para ello rueda una serie de ficción. Para tener más audiencia, resulta imprescindible meter al espectador en la trama. Para ello, hay que hacerla verosímil. Y, en última instancia, la verosimilitud se busca, con mayor o menor acierto, en aspectos sórdidos pero de los que no cabe duda de que previamente ya habían calado en el español medio. No es nada nuevo que los buitres se nutran de carroña.

Lo cual nos lleva a una pregunta de mayor enjundia. ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Qué se ha hecho tan rematadamente mal para que tantos y tantos aspectos positivos de nuestra agricultura jamás lleguen a ser percibidos por la sociedad española? Lo cual sería merecedor no de otro texto, sino de una tesis doctoral.

Únicamente apuntar el carácter endógeno y endófobo de muchas de esas causas. Empezando por aquellos que, cuando se conocieron las declaraciones del actor protagonista sobre los enterramientos en el desierto (según él, conocidos y tolerados por la sociedad almeriense), desde el minuto uno se apresuraron a desviar la atención con el consabido "es ficción". Siguiendo por algún profesor universitario de la extrema izquierda, generosamente regado con subvenciones de la Junta de Andalucía, que se dedica en su cátedra a denigrar sistemáticamente el modelo agrícola almeriense. Continuando con unos poderes públicos indolentes, incapaces de solucionar temas tan sensibles como la falta de seguridad o el (casi nulo) tratamiento de los residuos agrícolas (eso sí que hay que agradecerle a la serie que no lo haya mostrado). Y terminando, cómo no, en muchos empresarios incumplidores de las mínimas obligaciones laborales.

De cualquier modo, todas estas disquisiciones serán probablemente estériles dentro de unos pocos años. Parafreseando al replicante de Blade Runner (eso sí que es ficción), la agricultura almeriense se perderá en el tiempo "como lágrimas en la lluvia", víctima de la falta de infraestructuras que permitan a sus productos salir a competir a los mercados en igualdad de condiciones. Y, con ella, se perderá toda la riqueza con la que Almería ha contribuido al país, y de la que únicamente las migajas han venido de vuelta.