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El tren en Almería, una antigualla necesaria

Antonio Lao
Director de Diario de Almería

Desde 1952 el tren que une Almería con Madrid sólo ha ganado un kilómetro por hora en el trayecto cada año. Tan sólo superamos a algunos tramos del enlace que comunica la capital de España con Badajoz. Estamos en lo más bajo de la cadena de comunicaciones del país, a pesar de los notables esfuerzos que se han realizado en los últimos años, baldíos la mayoría, y sin consecuencias prácticas y reales.

Edición de hoy de Diario de Almería
Nos dejamos llevar, sin lucha, y permitimos el cierre de la línea que cruzaba el Almanzora y que unía Murcia con Andalucía desde Almendricos a Guadix. Aquellos que lucharon la mantienen viva y en unos meses el AVE llegará a Granada. No entendimos nunca la necesidad de mantener el tren nocturno, el famoso expreso de Madrid, un viaje muchas veces incómodo, pero que permitía no hacer noche en la capital de España, con el consiguiente ahorro para aquellos cuyas faltriqueras no son boyantes, sino todo lo contrario, exiguas y menguadas, producto de la crisis.

Nadie, o casi nadie, hizo más allá de un comunicado, una declaración institucional o una pequeña manifestación para sostener una comunicación legendaria, tan solo necesitada de las mejoras que el siglo XX y el actual ofrece.

Creímos que el AVE con Murcia era la solución y hasta llevaba camino de serlo, si la crisis no nos hubiera devuelto a la cruda realidad. ¡Que paradoja que el tren de alta velocidad llegue este año y el próximo a provincias limítrofes con la nuestra -Murcia y Granada- y nosotros sigamos siendo la cenicienta de los proyectos! Consolados por unas promesas que se incumplen un día si y otro también, y amparados en unas licitaciones que se prolongarán 'sine die', a la espera del achuchón que pueden dar unas cercanas elecciones o una presión ciudadana que no llega por ninguna parte.

Nos lamemos una y otra vez las heridas, lamentamos ser una esquina y padecer el famoso síndrome, pero lo cierto es que nadie, o casi nadie hace nada, más allá de la triste y pura realidad del río seco que supone la ausencia de inversiones y el escaso interés de llevarlas a cabo por quienes rigen nuestros destinos.

El informe que este periódico publicaba el miércoles no es más que la constatación de una realidad no menos triste por conocida, pero que muestra con datos donde nos hemos movido en los últimos 60 años. Por un sendero angosto de vías, en el que la velocidad a veces es casi de tren de vapor subiendo una cuesta empinada. Ni las infraestructuras, ni el material es de última generación. Muy al contrario. Hemos vivido de los vagones y máquinas que desechaban otras líneas y ahí seguimos, impertérritos, como siempre, viendo los trenes pasar, sin más acción que el repetitivo recurso al pataleo, que cada cierto tiempo surge como el Guadiana, se olvida, y vuelve a salir.