Edita: FIDIO (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) C. I. F.: G04253035 Presidente del Consejo Editorial: Emilio Ruiz

A propósito del Día del Pendón: la rendición de Almería

Antonio García Vargas
Profesor e investigador de Métricas Clásicas Arcaicas
Miembro del Departamento de Arte y Literatura del IEA

Pienso que la Historia ya está escrita, el recuerdo no la acerca ni la aleja, ni siquiera la cambia o la protege; cuanto menos la avala. Nuestra historia está grabada en muros de hormigón petrificado, con letras de fuego fatuo: ¡letra de batalla! A veces es preciso contemplarla desde la lejanía, pensarse voz vencida, esa voz que en silencio, por siempre, fue acallada; esa voz que con signos y runas permite -aunque a oscuras-, simular el habla cotidiana, conformando un lenguaje ajeno, de corte surrealista. ¡Ah, vocecilla apenas musitada! Mas… dejemos que la cuenten sus actores principales.

Escena de la rendición de Almería en la Catedral de Toledo

ALMERÍA, CIUDAD SITIADA, DICIEMBRE DE 1489.
Duerme inquieto el horizonte cubierto de guirnaldas amarillas. La piedra cobra vida, se lamenta añorando las últimas batallas. Suena el cuerno en la distancia y la garza se dispone al sacrificio. Almería es un embudo, la sierra de Alhamilla una amalgama. Salgo del pasado reciente, rebusco en el futuro, veo un habitáculo de colores matizados, que acoge el llanto del niño gaseado mientras Auschwitz, en un futuro proclamado, se engalana cantando a perros disfrazados. La Historia es una fuente inagotable de patrañas y verdades que escribe el vencedor de las contiendas, mas… en ella, en su trasfondo, está la historia para ser leída, interpretada o, con algo de paciencia, intuida, razonada.

Ah, hoy —del 22 al 26—, me siento “cosa” inerme. Noto que sobran dos hemisferios en mi mochila muda y quisiera compartirlos con el rocío que cubre las violetas enterrando sonrisas al pie de las estatuas. En este amorfo día —que derrumba ese cosmos que conocimos hasta ahora—, construiré para vosotros suspiros y murallas con un viaducto de mármol plagado de cerezas y destilaré horizontes a la sombra del pulgar. Ubicaré el epicentro en la córnea del búho y cercenaré las sombras congregadas para evitar contagios. Penetraré en el misterio del agua cristalina viajando en el tiempo a la dimensión benigna y engendraré un bosque sin límites ni costas. Seré montaña hueca cobijando vuestro cuerpo. Quebrantaré las leyes que rigen los universos y del delicioso légamo de robustos vientres, nacerán las bases de futuros archipiélagos. Regresaré al espacio donde reposan los pies del hermano, con sólo dos o tres frases como faroles danzantes. Ah, los niños desprendidos de mi retina son de metal y sus voces perturban el sueño del unicornio. No busco conflictos ni teorías de astrónomo, resbala mi lágrima tendiendo las manos, quiero sembrar en tus rodillas tulipanes blancos y sentar a tu mesa de lamentos mi lobo amarillo. Tal vez así la claridad ablande tu cutis de piedra y renazca la obediencia en el cristal oscuro. Soy, confieso, velamen neutro cubierto de rasguños, amiga del viento, del mar y de la cuna regia. Traigo compromisos en las yemas de mis muros que claman en la penumbra del frío cósmico. Sólo pido, antes de desaparecer en el espejo de la memoria, que no tiemble la mano que acaricia el otoño y que la novena estirpe proteja sus fronteras cuando el señor de la codicia suelte sus jaurías.

DON FERNANDO.
Miro de nuevo hacia atrás, soy el eterno príncipe roto, consorte imaginado, encadenada  prosa de la Historia; yo soy el rey Fernando, unificador de la tela de araña. Alejo sombras de otras vidas presentes, pasadas, futuras, desatomizo el alma, recompongo el cuerpo y programo una mano que acopla en su interior la espada portadora de palabras. Hundo el magín en el olvido y planto lilas en la frente del dinosaurio para aliviar la sed de las pateras grabadas en el ojo del patético inmigrante. ¡Carpe diem, hermanos de la triste sonrisa, perdidos en la resaca de la mirada africana! No seré yo el que os tienda la mano en el presente pero bien que me gustaría hacerlo en el pasado. Ah, el bien más preciado es la vida aunque para algunos signifique un ensayo para la tortura. Cuesta mirar la luz habiendo tanta sombra, entorpece el vuelo de la grácil golondrina, el hombre dormido cruza la lluvia… un perro ciego sacude el paraguas en busca de alimento. ¡Voto a tal!, este sol insolente me está volviendo loco. Prosigo: Asomado a los silencios castellanos dibujados con carbón, perdido entre la bruma, el destino y la vorágine, degollando círculos que llevan a las colinas, vivo la muerte del río, soy agua que se sume en el lamento. Refugiado en la ribera vuelvo a los orígenes, nazco montaña sin voz y mis pies, aferrados al cieno del pasado, hunden sus raíces en los muros del inicio buscando a su Creador en la cercana hierba que jamás vislumbro. Solo sombras besan mis labios de tierra y nadie responde en la cumbre celeste.

DOÑA ISABEL.
Los seres del abismo golpean inquietos los cerrados cajones de mi cerebro. Ya soy Isabel, reina toda, sin fisuras ni altibajos. Nadie, nunca, conseguirá tener un verso mío. Jamás revelaré en palabras lo oscuro de mi sangre, mis ansias, ni mi alma. Arrancaré jirones al tiempo vivido hasta que el Señor me lleve a hermanar mi nacimiento con el de mis ancestros. No buscaré el final que me tienen reservado los dioses aunque me sé heredera de la cábala. Ni, como decía Horacio, me dedicaré a investigar los cálculos de los astrólogos babilonios intentando imitar la ansiedad de los signos. No dejaré que el tiempo me quite tiempo ni responderé al guiño malicioso de los infiernos. Daré paso a la ensoñación primaria con que se amamantó mi pecho y cantaré al alba, pero a solas. Del tumultuoso caos que latiga el inconsciente, brotará un lienzo de conquistas sin sentido, entrelazando pendones y paisajes momentáneos con axabebas moriscas y jasjas deshilachadas, producto del pánico y la barbarie de los que soy devota. Mi bitácora íntima penetrará la remota estrella buscando a Ulises en la galaxia ignota de su soñada Itaca enmohecida. Del volcán rugiente de mis guerras externas extraeré los pétalos con que construiré la fecunda espada de la fantasía individual que me es negada y recrearé un jardín con la sonrisa antigua de mis estigmas, plantando con mis dedos inviolados lirios azules, con mi boca la rosa de los vientos, cubriendo de abejas el jazmín de mi pelo ruboroso y, por último, rociaré con dulces gotas de rocío mi labio, humedeciendo el sórdido talle donde está inscripta la brutal runa de mis otrora contenidas lágrimas.

EL ZAGAL.
Ah, sino adverso. Me esquivas sin que pueda llamarme a engaño. Los hados y las musas se han volatilizado. La cigüeña ya no anida en el campanario donde plantó el profeta su plegaria primera. Llega un tiempo harto proclamado, las máscaras van cayendo, una tras otra, y aflora la realidad de la montaña de arena, yacente en el regazo de la mujer lapidada. El sol declina en vertical sobre el horizonte ajado y una lágrima de plomo derrite la escarcha golpeando las rocas de los acantilados. Queriendo escapar del inapelable destino, las cigarras acallan su canto nocturno y el silencio penetra en el laberinto del sueño. Seguimos dando bocados al sentido originario del verbo. Hoy, para salvar lo poco que resta de mi orgullo, rendiré mi alcazaba, mi honor, mi gloria y mi fama. Triste final me aguarda. Mejor, rescataré mi sueño: sí, me despierto en las fauces de un mundo de amapolas, donde el centauro ama dulces sirenas de pechos salados emergiendo de un bucle del tiempo pasado, entre grillos, saltamontes y canarios. Hay innumerables caricias, susurradas por árboles danzantes, que cantan a la imagen del lago de porcelana, gotas de agua persiguiendo al vidrio tibio en un estanque donde el tiempo acaba y recomienza, allá donde pernoctan los peces color armadura; mutantes que imitan lo procaz del aluminio. Ah, temo aproximarse a la orilla del libro de mis siempres y encontrarlo vacío, vilmente apuñalado por efímeros violines de abecedario.

YAHYA AL NAYAR.
Soy el del manto regio, el almeriense andante. Yo soy Cidi al Nayar, infante de Almería, traidor para los míos, un héroe para el godo; un hombre que se busca tras un vórtice inconcreto sin terminar de hallarse. Ah, hoy cabalgué con un relámpago enmascarado, incorporando magia a mis requiebros. Mas no puedo contenerme, he descubierto la epidermis del oráculo junto a un viejo rapsoda que templaba su lira peinando la brisa del mar tenebroso. He orado como los griegos, erguido, he sido columna colosal que alcanza el firmamento, he borrado los ángulos, serenado la mirada y mi ensueño poético ha superado a la bestia; soy juglar de la propia inconsistencia que me ata y libera. Ya me sé destino y por tanto la muerte no aporta nada nuevo a mi pupila. Donde yo habito no hay negra tiniebla, ni blancas palomas, he echado los cerrojos de mi celda y si llega mi fin es porque ya no estoy atado a la ilusión de la vida pasajera. La muerte nada tiene que ver con los vivos ni con los muertos; en la terca metáfora del Destino del hombre, la figura recreada es él mismo. Carpe diem, me digo, el destino del hombre es vivir, la verdad es imaginaria, la imaginación verdadera, la alegría de vivir quita espacio a la destrucción socavando los templos de la intolerancia y marcando el sendero que reposa en el átomo que lleva a la cima en que atrapo a los vientos. ¡Carpe diem! —si te dejan.

GENTES DE ALMERÍA.
Me refugio en las murallas de la asediada Almería y me hago centenario andalusí que implora; ya soy el miedo y la prudencia, el fragor de la lava que el volcán pasional me arroja, soy el vate de una tierra castigada que fue reina, que fue esclava y que, presiento, será ultrajada hasta los cimientos, sea por el peso de las armas, sea por razones inconfesables que a nuestra razón escapa. Miro las ácidas paredes encaladas, penetro su morada convirtiéndome en espejo que denuncia carencias y mariposas. Brilla el sol pero el frío sacude las baldosas invocando demonios y plegarias convalecientes, ¿persiguiendo —quizás— herejes a la luz de la luna? Veo cómo se desploma el halcón herido por la fábula, agitando sus alas, defendiéndose del tránsito cotidiano. Brota en su frente la sangre de la ofensa y el maltrecho cuerpo se diluye entre arenales, quedando un anillo de dorado reflejo flotando en los ladrillos del recuerdo. Llegará ¿llegará?, el día en que los buques copulen en el ancho delta del gran río y una vez discutidos, flagelados los efluvios, lamenten la oscuridad del viejo epistolario.

Hurgando en el presente presiento que ha llegado el crudo invierno. Encopetados gentilhombres discuten las medidas del acuerdo, muchos maravedíes ruedan de mano en mano, prebendas y ducados a mansalva, pueblos rindiendo sus plazas al paso de los reyes, ¿un mundo que se acaba? El Zagal por un lado, Isabel y Fernando por otro; el menú principal está en Granada, lo saben, todos, unos y otros están al tanto; un festín ya cocinado, listo para ser servido en apenas unas jornadas. Lo de menos es el pueblo, ni siquiera la tropa, los heridos, los muertos, el cansancio acumulado. La ciudad es una mancha blanca y parda, su importancia secundaria. Es política de altura donde el menesteroso nada cuenta, es comparsa, figura inacabada, presencia insoslayable mas inerme, convidado de piedra en la paz; figura de relieve y de fácil reemplazo en la guerra, en la batalla. ¿Es esta, señores, la gran tragicomedia de la vida? Pues… ¡Que siga, que no pare, que prosiga el espectáculo!

Se desvanece el efecto del maquillaje en la ciénaga, el aire se pierde en dirección al  desierto buscando la nieve que desprenden las alcobas. Un mirlo gorjea las sílabas de tu nombre picoteando la cabeza de vidrio de la dormida botella. La tarántula ensaya su ebria sonrisa macabra, constelando sin prisas el cambio climático y allá en lontananza un país enfermo agasaja a fantasmas ofrendando su savia; bestias condenadas a vagar hasta el alba en berbería, manipulados genes non gratos ocultos en el arca perdida, plantando pezuñas en la transparente tumba de los elefantes. ¿Está llegando el momento en que debemos utilizar la mecánica del amor para salvar sus símbolos? A veces noto que el verso se rebela, tiembla, gime, rehúsa hacerse prosa, escapa al zodíaco refugiándose al calor del seno de una zagala, allí ablanda el dolor en la carne transpirada, prefiere vivir encadenado al círculo doméstico recogiendo el latido de una primavera sin murallas, semiescondida en los tibios muslos de la inocencia aparente. Es la hora de ahuyentar a las termitas de plástico disfrazadas de tragaperras sónicas, de las torpes garras de una futura VI Flota. ¿Confiamos en la Providencia? Del estiércol brotan la azucena y la madreselva, un par de milenios más y gozaremos en la rueda luminosa.

Creo ver en el fondo de unos ojos y escucho ramas procedentes de bosques lejanos, ¿es el instante en que los niños silencian los hielos maternos? Un mar agitado escribe leyendas en la sangre y abruma a las aves con humaredas de estrellas. El chapoteo incesante de vientres desnudos ahoga los ecos pedestres, perforando los tímpanos secos de faunos agonizantes. El bramido apátrida sacude las telas metálicas enfrentando hermanos en un jardín de leones, sin más fundamento que un tenue escorzo de magnesio bruñido con odios circulares danzando en torno a la evanescente noria, allá en la alcazaba. Ah, tierra mía, pintaré para ti un cielo bañado de espejos, con tintes sutiles y pinceles de aire salino para no empañar tu piel de manzana. Modelaré este heredado fuego interno, de bucles imaginativos, a la sombra de un Cosmos constelado. Ojearé recuerdos vidriosos de cada fragmento de tiempo, enmarcando la luna con metáforas absortas, rozando el bacanal de lo superfluo. Musicalizaré, en susurros, los cándidos amores inventados, cincelando en el verso mil jarchas y moaxajas. Después, levitaré por la senda luminosa de la paradoja, allá donde jamás se agota el campo de lo posible, luchando contra el flagelo para encontrar al otro, al semejante, a ti, a mí; al Todo. Ay, amada, al fin, ¿será ya tarde?, he comprendido que todos los nombres de ayer, de hoy, de siempre, incluso el de esta fábula llamada Reconquista… ¡se llaman Esperanza!