Edita: FIDIO (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) C. I. F.: G04253035 Publicación no comercial.

La Molineta nunca se rinde


Mar Verdejo
Ingeniero-paisajista

“No es más ciego el que no ve, sino el que no quiere ver”, dice la sabiduría popular, y eso es lo que está ocurriendo con todo lo que significa el patrimonio almeriense. Nos avergonzamos de ser hijos e hijas del desierto, de cómo hemos sido capaces de domesticar el sol y el viento, y de arañar al medio el líquido que nos da la vida: el agua.

La Molineta
La cultura del agua almeriense se remonta hasta Los Millares, en cuya cultura canalizaban el agua desde la rambla y la hacían llegar hasta La Ciudadela. Actualmente, nuestra agricultura abandera la optimización de recursos hídricos en los cultivos intensivos. Cultivamos con terminología que no nos es extraña, como con las palabras: hidroponía o fertirriego. Nuestra tecnología se exporta y se estudia en el resto del mundo, ocupa titulares de prensa y llena artículos científicos.

En cambio, no estamos tan orgullosos de los elementos vivos de nuestro patrimonio hidrológico: canales, balsas, galerías y acueductos empiezan a ser generacionalmente ajenos. Deberíamos de grabarnos en la memoria, para no olvidar, cómo hemos sido capaces de retener la escasa agua que nos llega a esta tierra desértica. Hemos sabido capturarla, encauzarla, conducirla, canalizarla y retenerla. 

En el sureste, sabemos jugar con el viento; lo domesticamos para que deje de ser nuestro enemigo resecando las tierras de cultivo. Y ahora ni tan siquiera sabemos lo que es una molina, ni lo que la diferencia de los molinos de viento, y eso que son elementos hidrológicos que forman parte de nuestra historia reciente, y de nuestro paisaje diario. De ahí el nombre de La Molineta: la entrada del paraje está presidida por una molina. Mientras, estamos a la espera de que las administraciones dictaminen su valor.

La ciudadanía sí que conoce el valor educacional, medioambiental, cultural, histórico y social de este paraje. Además, se siente identificada porque forma parte de su memoria y sus vivencias. La Molineta guarda un lenguaje visual con el norte de la ciudad con sus promontorios transformados en atalayas. Poco a poco se va diluyendo con lo urbano. Salvaguardada de los diferentes avatares, pero, sobre todo, de la especulación sin medida de los últimos años. Ninguna administración ha sido capaz de proteger sus valores patrimoniales y medioambientales, y por tanto de valorarla. Es un paisaje de transición entre el mundo rural y lo natural; con un lenguaje agrícola tradicional, lleno de balates y de elementos para contener la temida erosión; es zona de amortiguación con la sierra. La Molineta, según la Ley 5/2010, cumple todos los requisitos para ser un Parque Periurbano, y en su artículo 9 le compete la declaración como tal a la administración local.

En cambio, la protección de sus elementos culturales, medioambientales, ordenación de su territorio y de aguas competen a la autonómica. Ahora es responsabilidad de las administraciones protegerla con sus informes y expedientes, con los cuales pueden tejer una red para resguardarla, acompañando a la cadena humana que hicimos haciendo de ella un gesto simbólico: darle un abrazo cálido y sólido para preservarla de la sin razón y avaricia.

¿No es requisito suficiente el clamor de la ciudadanía? ¿No son requisitos de peso sus canteras, vías pecuarias, y el canal de San Indalecio? ¿No son suficientes su flora y fauna en peligro de extinción, todas protegidas por la ley, y catalogadas en el Libro Rojo de especies amenazadas? Y además cabe preguntarse: ¿Qué ciudad queremos?, ¿que aniquile todo?, ¿que borre toda nuestra historia y memoria?

La Molineta se ha convertido en un ejemplo de resistencia ciudadana. Y, como dice Teresa Perales, nadadora paraolímpica: “Si te rindes antes de llegar no sabrás el resultado”. Pues eso: “La Molineta nunca se rinde”, le pese a quien le pese.