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El español y el alargamiento de palabras

Luis Cortés
Catedrático de Literatura

«Caballo grande, ande o no ande es un dicho típico en los pueblos donde la agricultura requería de la ayuda de estos animales tan sacrificados; con el paso del tiempo, el refranero popular nos regala expresiones que tienen tanta aplicación a la vida diaria (e incluso al deporte) que realmente asusta».

Así comienza un artículo que trata del baloncesto español y que leí hace unos días en Internet. El autor se vale de esta conocida frase idiomática (caballo grande, ande o no ande) para aludir a lo que denomina «la moda de los 2,10», es decir, el traer a nuestros equipos jugadores de esta altura, aunque luego no sean muy buenos baloncestistas. Pues bien, si la moda de los 2.10 se está instalando en nuestra liga de baloncesto, la moda de las palabras largas se alojó hace ya unos años en nuestro vocabulario.

Son muchos los descubridores de mediterráneos que consideran como un encanto cultural más el crear  palabras alargando algunas ya existentes.  Tales descubridores no hablarán de peligro, sino de peligrosidad, ni van a ver intención, sino intencionalidad; emplearán tensionar en lugar de tensar, culpabilizar en vez de culpar, concretizar en lugar de concretar, institucionalizar en vez de instituir o recepcionar en el puesto de recibir. Desconocen tales “innovadores que, por un lado, en realidad tales neocultismos  sólo sirven para afear la lengua y crear confusión, y, por otro, que el uso de esta será más elegante cuanto menos afectado resulte su estilo; es su ansia de notoriedad vía “cultura” la que les empuja a preferir más estas rebuscadas palabras que las originarias. ¡Extraña y megalómana forma de proceder!

La moda, que ya ha recibido varios nombres: polisilabismo, archisilabismo, manía sesquipedálica, tiene su origen, generalmente, en el desconocimiento de los mecanismos que se siguen a la hora de generar nuevas palabras. En español, de un verbo,  influir, se crea un sustantivo influencia, sin que ya tenga sentido alargar esta última palabra para crear un nuevo verbo verbo, *influenciar, pues este significaría igual que el originario influir; más disparatado aún resultaría concebir de ese falso verbo (*influenciar), un nuevo sustantivo *influenciación, que significaría exactamente igual -aunque más pedante- que influencia. El fenómeno, desgraciadamente, está tan extendido que podrían ser cientos los ejemplos a los que cabría aludir. Veamos únicamente otro más, si bien puede ser el más conocido: del verbo poner, se  genera el sustantivo   posición; hasta ahí todo correcto; pero alguien, descontento con tales términos y deseoso de aportar su capacidad creativa a nuestra lengua, inventa, a partir del citado sustantivo, una nueva palabra posicionar, con el significado de poner; todos los domingos, en las retransmisiones futbolísticas oímos decir que tal equipo está muy bien posicionado en el terreno de juego, cuando siempre se ha dicho, acertadamente, colocado, situado, puesto, etc. Ahora bien, el remate final lo realiza un nuevo y agudo  inventor,  más necesitado de novedades, quien, a partir del ya falso verbo *posicionar,  concibe un nuevo sustantivo  *posicionamiento, con el mismo significado físico que posición. No hablamos del significado ideológico «asumir o mantener una actitud», que es un anglicismo derivado de «to position» y que merecería otro artículo.

Igual puede ocurrir si la palabra originaria no es un verbo, sino un sustantivo; por ejemplo, del sustantivo teoría  se crea el verbo teorizar, y ahí termina el proceso. Bueno, termina hasta que llega el ‘innovador de turno’ y crea por su cuenta y riesgo un nuevo sustantivo *teorización, y posiblemente, con el tiempo, otro nuevo verbo *teorizacionar, palabras estas dos últimas grandes aunque no signifiquen nada que no estuviera ya en teoría y teorizar, respectivamente.

El fenómeno cada vez está más extendido. Quien esto escribe tuvo que llamar hace unas semanas a un despacho de la administración universitaria; la persona que cogió el teléfono no era la persona por la que yo preguntaba, no obstante me informó de que la buscada había salido y llegaría en unos diez minutos; a los quince minutos, volví a llamar y, muy atentamente, la misma persona me indicó que la deseada ya estaba y que enseguida me ponía con ella; lo curioso fue que me lo dijo de esta manera tan archisilábica: «espere un momento que voy a direccionarle con ella»; le di las gracias, aunque sorprendido por tan extraño empleo verbal.

Palabra  larga, valga o no valga. ¡Qué alegría vivir en un país tan creativo! Pero … ¡qué pena que gaste su imaginación en tales caprichos! Las manías de grandeza son así de antojadizas. ¿O no?